El calor ha
desaparecido y el otoño reclama su lugar en el calendario con temperaturas más
suaves que, de tanto en tanto, permiten circular con la ventanilla abierta. No
cabe duda que es una sensación casi liberadora, si no fuese por el ruido de de
la ciudad. Seguro que cada una tiene su partitura personal; las más
industriales, con más camiones; las de servicios con más coches y scooters; las
pequeñas de provincias, arrastradas al silencio del envejecimiento. Pero sin
duda, todas tienen un patrón en común: nada es como hace unos años. De hecho,
hasta que el calor ha decidido viajar a otro hemisferio no había podido
constatar el ruido de fondo, tenue, a veces imperceptible, casi siempre
constante: el chirrío de los frenos de los coches, fruto de otras prioridades
en las maltrechas economías familiares, significa que el aceite que engrasaba
las bolsas mundiales está comenzando a dejar de fluir por los engranajes que las
movían, emitiendo otro chirrío mucho más alto y alertador. Sin embargo, el 1%
de la población mundial posee casi la mitad de la riqueza, y este porcentaje
también va en aumento a medida que ese sonido de fondo se hace más perceptible.
Es una ecuación simple: para obtener mayores beneficios hay que producir más o
gastar menos y, a ser posible ambas al mismo tiempo, lo cual nos conduce a mano
de obra más barata para inundar el mercado de productos más baratos, que serán
comprados en otros países, hasta que estos dejen de hacerlo porque, a su vez,
ya habían inundado a los primeros con todo lo que requerían para producir a
destajo.
En este casino, ese
1% a veces apuesta y crean mano de obra
y otras, se retiran de la partida con lo ganado esperando una nueva oportunidad
de ganar más arriesgando menos.
El tiempo, la muerte y el amor harán que Marek, después de increíbles hazañas, termine por darle la espalda a Napoleón para cumplir el último deseo de su inseparable camarada, en una desesperada búsqueda a través de Europa.
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